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Blog César Brito González

Tribuna de Salamanca

Escándalo público

Hace poco supe que el diario €œPúblico€ entraba en concurso de acreedores lo que, probablemente, implique el cierre tanto de su edición digital como de su versión impresa, a corto o medio plazo. Entre los del oficio, cuando suceden cosas así, corren comentarios del estilo "otro más", "joder, más compañeros a la calle", "está todo fatal", etc. Más allá de las distintas posiciones corporativistas que puedan adoptarse, me pregunto si ustedes, quienes leen, realmente sienten esto como una pérdida o solo como un daño colateral de la crisis, sin más importancia que un mal trago sectorial del que también se saldrá, tarde o temprano

Suelo decir siempre, cuando hablo de estos temas, que los periodistas no podemos darnos más importancia de la que realmente tenemos. Acostumbrados como estamos a ocupar cierta posición de visibilidad pública, muchas veces olvidamos la frontera, la línea difusa que separa nuestra obligación, en teoría aséptica, del escenario que acaparan políticos, famosetes, frikis y demás fauna mediática. Cuando se pierde de vista esa barrera, corremos el peligro de creernos -que no convertirnos- en protagonistas de las noticias, lo que puede tirar por tierra gran parte de nuestro trabajo. Exceptuando casos puntuales, típicos de ególatras "periodistas estrella", normalmente los profesionales de los medios no solemos hablar de nosotros mismos, más allá de los corros de café y pitillo en las redacciones, o de las charlas que median entre una rueda de prensa y otra. Puede que sea por un temor atávico a traspasar esos límites tácitos que vinculan actualidad, relevancia y noticiabilidad. De hecho, nuestras miserias no tienen por qué importarles a los demás; los actores de las noticias están al otro lado, nunca somos nosotros.

Pero cuando se asiste al espectáculo protagonizado por la industria de los medios de comunicación en la última década, cabría reflexionar sobre la conveniencia de alzar la voz. De explicarles a ustedes que, si bien no somos tan importantes como muchas veces pensamos, tampoco se nos puede menospreciar como a carne de cañón, eternos aspirantes a un ascenso de becario a mileurista. Si usted es fontanero, peluquero o arquitecto, una vez terminado el trabajo, a buen seguro no dejará que su cliente se marche con viento fresco sin abonar la correspondiente factura. A los periodistas nos pasa a diario y a nadie parece importarle. Si usted está en una mesa de operaciones preferirá que la intervención corra a cargo de un médico experimentado, y no de un aprendiz que apenas sabe cómo manipular el instrumental. Esto sucede en las redacciones desde hace años y a nadie parece importarle. Que usted pueda encontrar unos zapatos estupendos en los chinos por 4‚Ź no implica que pueda exigir que ese par de zapatos le valga para lucirlos en la boda de su prima, ni que le duren diez años. Internet ha extendido y enraizado la cultura de la gratuidad, los blogs se multiplican y cualquiera parece saber lo que es el periodismo y cómo se ejerce. Y a nadie parece importarle, aunque esta falacia resulte evidente.

No eximo de la parcela de culpa que le corresponde a las empresas que editan periódicos, tanto digitales como impresos, que lo único que quieren hacer es ganar dinero, sin que importe lo más mínimo qué se escribe o cómo. Tampoco como gremio podemos evadir nuestra responsabilidad, al creernos invencibles ante los cambios y no adaptarnos a los nuevos tiempos, soportes y reglas del oficio. Pero también me tienen que permitir darles un tirón de orejas a ustedes porque, lo crean o no, es para quienes trabajamos. Si ante el progresivo cierre de periódicos, radios y televisiones no se escandalizan, créanme, tienen un problema. Si lo hacen, pero nunca han comprado y leído un diario, o no han consumido algún producto audiovisual que realmente merezca ese nombre, además de tener un problema, deberían mirar el significado de "hipocresía" en el diccionario.

Porque la crisis arrasa con todo, es cierto. Pero si, como público, no protegen a sus periodistas, terminarán por leer, escuchar y ver cualquier cosa. Quizás no enseguida pero, a la larga, terminarán ustedes -y nosotros- totalmente embrutecidos. Y en una sociedad así, los políticos pueden campar -aún más- a sus anchas. Como sociedad necesitamos una buena prensa, unos profesionales valorados, motivados e independientes, que puedan vivir con dignidad y desarrollar su trabajo bajo unos criterios mínimos e irrenunciables. No sé si es apropiado hablar de prensa amordazada, en los tiempos que corren pero, de momento y como ejemplo, las comparecencias públicas "sin preguntas" son moneda corriente. El caso del diario €œPúblico€ es uno entre tantos otros, y vendrán más. Piensen en lo que implica. Párense un segundo a analizar el significado que puede tener para ustedes contar cada vez con menos medios informativos, cada vez más centralizados y politizados, con profesionales progresivamente peor pagados, más angustiados y atemorizados por perder su puesto de trabajo, si no se escribe o se dice "lo correcto". Tengan en cuenta que somos los intermediarios entre ustedes, los ciudadanos que votan, y los políticos que, en teoría, fueron elegidos por ustedes para que nos gobiernen. Piensen si perder a un mediador así es o no un escándalo de los gordos.

pasaportecharro@gmail.com

Twitter: @CesarBritoGlez

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