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Blog César Brito González

Tribuna de Salamanca

El síndrome del papel de fumar

Hay dos cosas que no soporto. Bueno, hay muchas más pero, estas en concreto me soliviantan especialmente. Una de ellas es la corrección política o “síndrome del papel de fumar” y la otra el eufemismo puro y duro. Por esas cosas de la vida, la una y el otro suelen ir de la mano, con efectos devastadores en nuestra forma de expresarnos y, por extensión, en nuestra forma de pensar y entender el mundo.
Por obra y gracia de los políticos y, gracias a los corifeos de los diversos estómagos agradecidos que los rodean –periodistas por encima de los demás– nos hemos instalado en la pésima costumbre de no llamar a las cosas por su nombre, por temor a “herir sensibilidades”, ser etiquetados como “bocazas” o permitir que nuestras palabras se interpreten como no deben. Y no hay mejor manera de que se entienda aquello que decimos que aparejar cada cosa con su justo término. Ahora, los niños no son vagos o un completo desastre en la escuela, ahora todos tienen un Trastorno de Atención e Hiperactividad – que no se metan las asociaciones de padres de alumnos con TDAH conmigo, que no niego la mayor, sólo hablo de una moda temeraria –.

Los parados no son parados, sino empleados, temporalmente en proceso de formación – Zapatero dixit – y la gente no se muere de cáncer o leucemia, sino que fallece tras luchar contra una larga enfermedad.

Ésta última frase, ésta sí que me revienta del todo, por ser un ejemplo paradigmático del daño que la corrección mal entendida puede ocasionar. No llamar al cáncer por su nombre es estigmatizarlo, rodearlo de una especie de velo intocable que contribuye a que temamos aún más si cabe tanto a la enfermedad como todo aquello que la rodea, convirtiendo los obstáculos con los que hay que enfrentarse, duros de por sí, en muros infranqueables. No tanto porque no haya dificultad en vencer al cáncer, sino porque tememos hasta hablar de ello con naturalidad y sin circunloquios.

El cáncer es una enfermedad grave contra la que se puede luchar y ganar, no tenemos por qué comentar que la padecemos en la barra de cualquier bar, pero tampoco escondernos por miedo a ser estigmatizados. Enfrentarse a la realidad sin coger atajos es, a mi modo de ver, el primer paso en la victoria. Y darle a cada cosa su nombre forma parte de esa batalla.

Si quieren ustedes que me abalance sobre la yugular de alguien, deseando arrancársela de cuajo, díganle que se refiera a mi persona como “alguien con un (pausa valorativa) problema” o, en el colmo de la estupidez, que me califique como una “persona con capacidades especiales”. No, miren. Yo soy discapacitado – que no minusválido, que es una aberración etimológica del tamaño del acueducto de Segovia –.

Si somos amigos de verdad, a lo mejor le permito a usted que se dirija a mí en un tono más o menos socarrón, utilizando términos más gruesos. En caso contrario, igual le cruzo la cara. Pero tratar de esquivar la realidad con términos falsamente edulcorados por si me ofendo, es tan peregrino como pretender que me ponga a bailar el Cascanueces, en un rapto de entusiasmo. No ofende quien quiere, sino quien puede.

Damas y caballeros, al pan, pan y al vino, vino. Estamos tan acostumbrados a escuchar a nuestros políticos marear la perdiz que, la mayor parte de las veces, ni sabemos lo que nos están diciendo. Cuando acudimos a la prensa, en busca de una explicación, no encontramos otra cosa que una réplica de sus vacías e inoperantes boutades. Y, como un bidón de alquitrán, la tontería cala entre nosotros y contagia nuestro lenguaje, se esparce lenta e inexorablemente por todos los rincones añadiendo, a la hispánica envidia, un nuevo deporte nacional: ser más papistas que el papa, midiendo mucho lo que decimos – que no lo que hacemos – en toda circunstancia.

Los modernitos de turno, los pseudo progres y la cantidad creciente de imbéciles, que salen por todos lados como setas, son adictos a esta práctica infame de rebautizarlo todo. No se van de tapas, tranquilamente, para tratar una idea con un amigo o compañero de trabajo, no. Organizan “un brunch para establecer líneas de sinergia”. No se van de fin de semana al pueblo, como todo hijo de vecino, sino que “buscan encontrarse a sí mismos en un marco incomparable de turismo rural”. Para que a uno le reviente la vesícula, vamos.

Puede parecer absurdo, pero a mi modo de ver no lo es. Un antiguo profesor de mi facultad suspendió a un compañero, por tener más faltas ortográficas de las deseables y por no saber expresar correctamente la idea por la que era cuestionado en un examen. Ante la indignación y extrañeza del alumno el profesor aseguró palmario que “si no escribes bien, es porque no piensas bien”. Algo parecido puede aplicarse en este caso. Si nos perdemos en malabarismos dialécticos, las palabras y, por extensión, las realidades a las que hacen referencia, terminarán totalmente desdibujadas. En resumen, o dejamos de pillárnosla con papel de fumar o terminamos todos gilipuertas del todo.

pasaportecharro@gmail.com

Twitter: CesarBritoGlez

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