Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

WHISKY EN VASO CORTO CON TRES HIELOS

El otro día me llegó a vía mail una invitación para asistir a un homenaje póstumo y no pude ir. Se trataba de un acto en el Club del Progreso donde la Fundación 5 de Octubre de 1954, que él mismo presidió durante años, quería recordarle. Tuve ocasión de asistir al último reconocimiento que se le hizo en vida, esta vez por parte del Congreso de la Nación Argentina, a través del Premio “Mayores Notables de la Nación”, pero tampoco pude. Esta vez yo estaba fuera del país. Es evidente que no coincidíamos en ese tipo de ocasiones, no nos pusimos de acuerdo para compartir los premios, ni las despedidas. El año pasado me la jugó y se fue sin despedirse, mientras yo estaba en España. Hablo de Néstor Grancelli Cha, el dirigente reformista que fuera Presidente de la Federación Universitaria Argentina, Delegado en el Consejo Superior de la Universidad Nacional del Litoral y Secretario de Relaciones Económico-Sociales en el Gobierno del Presidente Arturo Frondizi, allá por 1958.

 

Algunos días iba a su casa y bebíamos whisky cómodamente sentados en un sofá tapizado en rojo junto a una mesa larga de madera donde tenía desparramadas hojas y hojas escritas y documentación para la novela que había comenzado.  Sostenía el vaso corto, con tres hielos y me miraba desde detrás de las gafas mientras hablaba con ese acento entrerriano… “Quiero escribir sobre la historia de alguien a quien intenté ayudar hace muchos años y que no podía salir del país porque no tenía documentos de ninguna clase ni podía probar que existía…”. Frente a un amplio ventanal en un edificio de la Av. Santa Fe charlábamos de la vida de cada cual y cuando me marchaba, después de abrazarnos, siempre me quedaba la sensación de que la vida se impone a cualquier circunstancia, que no es demasiado importante la sensación de miedo o preocupación por lo que no podemos controlar porque se sale siempre de todo… o de casi todo.

 

En su escritorio, en una habitación aneja al salón, guardaba parte de sus tesoros: los libros más queridos, algunos de ellos escritos por él, las fotos de su pasado reformista o como colaborador del Presidente de la Nación, sus años en México como agregado cultural… pero curiosamente o, por mejor decir, como prueba de su “juventud” a los 93 años, Néstor miraba más hacia el futuro que hacia atrás e inmediatamente nos poníamos a hablar de sus planes o mis proyectos de arraigo en Argentina.

 

Néstor Grancelli era un hombre de una vitalidad contagiosa. Jamás lo vi alicaído o presa de los años. Ya he contado alguna vez que con 93 en el cuerpo tuve que seguirle a la carrera bajo la lluvia, cruzando la Avenida Santa Fe yo con un paraguas en la mano intentando protegerle y él negándose tres pasos por delante. Habíamos salido de un taxi y yo quise evitarle el chaparrón teniendo en cuenta su edad, pero él salió delante de mí y emprendió la carrera hacia la puerta de su casa, en la otra acera, como si tuviera treinta años. Una amiga común me contaba que, medio en broma, medio en serio, un día la espetó: “te libras porque hoy llevo sonda”.

 

Néstor era mi amigo. Una noche de tortilla, pinchos y vino, hablando sobre mi necesidad de regularizar mis papeles, me propuso matrimonio:

 

-- Si quieres, nos casamos, bromeó, y resolvemos el asunto. No tengas miedo, a estas alturas no exigiré consumación...

 

Recuerdo aún el primer mail suyo que recibí. Habíamos hablado hacía unos días sobre la forma en que los castellanos nos expresamos, a veces con pocas palabras para expresar una idea. Y quiso certificarme que efectivamente, con pocas palabras puede decirse mucho. Su mail decía escuetamente: “para tomar ejemplo. Con palabras simples, directas y pocas, se puede decir un montón de cosas”. Y seguidamente me enviaba un documento, un acta de defunción que data de 1881, que aquí reproduzco con la ortografía que se redacta en el original:

 

“El infrascripto, Eusebio Rodríguez, Alcalde, certifico que D. Manuel Chico que muerto lo tengo de cuerpo presente tapao con un poncho al parecer seguro le sorprendió la muerte al salir del baile de Don Rufino “El Batalán”, de la cuadra de Dña. Pepa, lugar muy conocido y de pública voz y fama en el pago. Interrogao el cadáver por tercera vez y no habiendo el infrascripto obtenido respuesta categórica alguna, resuelve darle sepultura en el campo de los desaparecidos conforme cuadra su circunstancia física de que certifico. NOTA: hago constar de que el finao era amante de la bebida y muy dado a las galanterías amorosas por cuya circunstancia tenía una cicatriz en la quijada izquierda producido por un cucharón de grasa caliente que le arrojó al rostro de la cara la hija de la parda Nicolasa, no se sabe por qué zafarduría. VALE.

 

Tenía la sonrisa siempre en los labios, incluso para demoler con las palabras, siempre justas y sin faltarle al respeto, a cualquier patán que no se percatara por falta de educación o de cultura que tenía ante sí a un tipo de noventa y tantos años que había sido parte de la historia de su país y asesor político de personalidades de varios países. Néstor era un trozo de historia. Defendió la libertad cuando apostar por ella suponía el riesgo de perderla en la cárcel a manos de los totalitarios. Vivió varias vidas en una. Tenía la mirada pícara de un niño listo y la palabra justa siempre.

 

No sé si volveré a beber whisky. No me queda mucha gente de la talla de Néstor para compartirlo.

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