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Arija Station

Alberto Arija

TENGO UN PASADO PORTEÑO Y COMIENZA A FALLARME LA MEMORIA

Recuerdo la época en la que iba al Club Español. Ya tengo un pasado en Argentina. Estuve repasando algunas fotos de esas que guardas en los archivos para organizarlas en algún momento pero que nunca terminas poniendo en orden y me he dado cuenta que algunas de ellas pertenecen al pasado, pero el de aquí, el de Buenos Aires. Es una sensación extraña porque nunca había tenido recuerdos de cosas que vuelven a mi mente en este lado del mundo. Llevo más de tres años viviendo en la ciudad del Plata. Seguramente algunos tics se me van pegando ya…

Es de los primeros lugares a los que acudí, seguramente por aquello de la afinidad. Buscaba algo que me aportara el cobijo que necesita cualquiera que se encuentra en un lugar nuevo y que le recuerde lo que acaba de dejar atrás. El edificio se encuentra en la Avenida 9 de Julio, en un tramo cuya denominación rinde homenaje al que fuera Gobernador de la Provincia de Buenos Aires y varias veces Ministro del Gobierno de Argentina, Bernardo de Irigoyen. En la Casa de Palencia me invitaron a una reunión que tenía que ver con la recepción de un político de la Junta de Castilla y León que había venido a Buenos Aires y que se celebraba allí. La cuestión es que yo, en lugar de ir a la primera planta, que es donde se desarrollaba dicho acto, con copa de vino y canapés terminé en la tercera, en la que había una conferencia a la que asistimos unas treinta personas y que pronunciaba un importante asesor académico. De vino nada y de canapés, tampoco. En lugar de enmendar mi error y buscar el emplazamiento en el que era agasajado el político en cuestión, me quedé a escuchar al conferenciante, sentado en una silla de tijera entre varias señoras entradas en años y después de pagar una localidad de veinte pesos. Así conocí al ilustre académico Jorge Aurelio Alonso, Asesor de la Cámara Inmobiliaria Argentina, con el que a partir de ese día entablé una amistosa relación. Una semana después ambos compartíamos una tarde de tangos en un taller maravilloso que él mismo dirige en el bar “El Faro”, en la esquina de Pampa y Constituyentes, pero esa es otra historia.

 

Hablábamos del Club Español, un excelente edificio de principios del siglo XX, cuando había dinero para construir maravillas así en Buenos Aires, coronado por una cúpula que se deja ver aún entre el entramado de tejados y antenas en que se ha convertido la zona con los años. Allí volví al poco tiempo, después de conocer la noche de la conferencia de Jorge Aurelio a la directora del Área Cultural del Club, quien me invitó en este caso a asistir a una noche de Zarzuela a cargo del Grupo de Amigos de la Zarzuela, con sede en el edificio y dirigido por un catalán cuyo nombre ya no recuerdo (no solo el pasado porteño juega con la memoria, también la edad, no voy a negarlo), de fácil conversación que, cuando nos presentaron, dado que yo llevaba en la ciudad poco más de dos o tres semanas, me preguntó:

 

-          ¿De turismo por Buenos Aires?

-          No. He venido a quedarme.

 

El catalán arqueó las cejas…

 

-          ¿A quedarte? Este país está para salir corriendo…

-          Debe ser que, como he trabajado quince años con ellos, tengo alma de bombero.

 

El catalán me miró esperando alguna explicación…

 

-          Los bomberos son esos que van a toda velocidad a esos lugares de los que todos los demás salen corriendo…

 

El concierto fue un éxito y no sé si a estas alturas el director de la Compañía continúa en Buenos Aires, yo sí.

 

Volví varias veces al Club Español, en este caso acompañando al presidente de la Federación Española de Emigrantes cuyo nombre tampoco recuerdo, que era el dueño de una cadena de establecimientos de patatas fritas. Al lado del edificio hay un restaurante que lleva el nombre de Palacio Español y en el que la cocina española aparece entre algunos detalles de arabescos en su arquitectura. Luego no volví más. Hace tiempo que, cuando paso por delante en mis idas y venidas por la 9 de Julio, recuerdo aquellos días de comienzo en una ciudad nueva, donde todo estaba por descubrirse.

 

Otro día contaré lo del ascensor bañado en oro, que tiene su miga…

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