Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

"¿SE HAN ABROCHADO LOS CINTURONES?"

-          ¿Vais a los Médanos? ¿Y quién os lleva? No se os ocurra ir si no tenéis constancia de que vais con alguien que sepa de qué va eso, porque hay gente que se queda clavada con el vehículo en la arena y no sale fácilmente…! Como no conozcas las dunas por las que llevas el coche os podéis buscar un problema serio…!

 

Manuel Llamas nos miraba serio, con expresión de preocupación. Cuando le dijimos que quien pilotaría el 4x4 era un avezado conductor que ha participado en el Dakkar, su gesto cambió de inmediato: “ah, bueno! Eso es otra cosa…”.

Nos fuimos en dos máquinas preparadas para trepar una pared. El “todoterreno” que fue a buscarnos tenía el morro más alto que yo había visto nunca. Los pilotos sacaban aire a las ruedas cuando salimos del hotel a su encuentro.

 

-          Es para ganar tracción… se deshinchan un poco y así las ruedas se agarran mejor en la arena…

 

Ellos sabrán lo que hacen…

Rosa Vita, la eficaz y agradable mujer que trabaja en el área cultural de la Embajada de España en Argentina, nos invitó a añadirnos a la excursión por los Médanos de Pinamar.  Los médanos son una gran extensión de dunas, algunas de ellas tienen la altura de un edificio de tres plantas, que se extienden en una franja de costa en dirección a Buenos Aires y que dan la sensación a quien las visita de estar en un desierto porque en realidad así es. La arena fina alcanza el horizonte y convierte el territorio en un lugar mágico que te hace soñar con haber viajado a otro planeta o con estar en este mismo, pero mucho más lejos de los pocos kilómetros que separan esa maravilla visual de la urbe de asfalto.

 

En los médanos el sol y el aire castigaban la piel. Una inmensa masa arenosa se confundía con el cielo, el polvo en suspensión producto del viento y el mar a lo lejos. El vehículo ascendió progresivamente por una de las dunas para repentinamente bajar por un corte casi vertical, lo que hizo que nuestros traseros se despegaran de los asientos.

-          ¿Se han puesto los cinturones?

 

 La pregunta del piloto llegó tarde: mi cabeza había dado ya con el techo y me di cuenta que esto no era un paseo por un parque. Coronamos una nueva montaña de arena y nos detuvimos a mirar el paisaje. Ante nosotros, a un lado, el desierto. Al fondo los primeros indicios de vegetación que procede de un trabajo de repoblación forestal que se lleva a cabo desde hace unos años. Al otro lado, la inmensa playa y el mar. En verano cientos y cientos de caravanas se instalan allí y aquello se convierte en una ciudad de nómadas que disfrutan del espacio junto al agua. No hay infraestructura. No hay prácticamente instalaciones. Cada cual se busca la vida con lo que tiene para pasar el día allí.

 

Ante paisajes de este calibre uno siempre se queda callado. No hay palabras que describan el impacto de la naturaleza ante los ojos acostumbrados al ladrillo, la piedra y el asfalto, al tráfico y el ruido de los motores y las sirenas en la ciudad. Uno se siente descolocado ante otro tipo de sonidos: el viento al rozar la arena, las olas al chocar en la playa y las gaviotas en bandadas a la búsqueda de alimento en la orilla. En realidad, el sonido en contraposición al ruido.

Volvimos a los vehículos y bajamos de las dunas en una especie de “montaña rusa” por las aristas que el viento va formando en las crestas montañosas de arena. Y llegamos al mar, a la playa. donde el aire era más fresco y el olor más intenso que en cualquier otra playa que había conocido. Junto a la ventanilla, con el teléfono en la mano, trataba de plasmar ese viaje corto e intenso, diferente a cualquier otro, para mostrarle al lector en esta Estación particular la sensación de libertad que aporta recorrer lugares donde la mano del hombre apenas ha actuado aún y donde un pequeño paseo se convierte en una atractiva aventura.

 

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