Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

EL MOROCHO DEL ABASTO

Mis primeros recuerdos sonoros son musicales. Mi padre, además de payaso de circo, fue cantante de boleros y tangos. Muchos días, después de la cena, se levantaba para poner la aguja del viejo “Cosmos” sobre un disco de aquellos de 45 rpm, y le decía a mi madre: “vamos a echar un baile”! Y entre los muebles de aquel comedor de no más de nueve metros cuadrados, mis hermanos y yo asistíamos a un ritual en el que, apretados, se entregaban al ritmo de “La Cumparsita”, sorteando milagrosamente mesa, sillas y sofá. Toda la vida le escuché decir que hubiera querido pisar suelo argentino y visitar la tumba de Gardel. Murió sin hacerlo. Una de las primeras cosas que hice al llegar a Argentina fue cumplir su deseo y cada vez que escucho un bandoneón recuerdo a mi viejo con esa solemnidad en la cara, como si estuviera en misa, entonando “mi Buenos Aires querido”. Hoy estuve en el Mercado del Abasto y, como no podía ser de otro modo, llegué a través del Pasaje Carlos Gardel. Mi padre pisa a través de mis pies…

El Pasaje Carlos Gardel sirve de atrio al mercado del Abasto, en uno de sus laterales, perpendicular a la calle Jean Jaures. Los arcos del majestuoso edificio que fue lugar de abastecimiento de los de antes para convertirse posteriormente en un “shopping”, esa horrible palabra con la que definimos los sitios sin personalidad donde vamos a comprar compulsivamente, sobresalen al final de la vía peatonal, flanqueada por establecimientos que recuerdan al divo argentino de la canción. Nunca del todo llorado, nunca del todo querido, eternamente escuchado.

                Gardel está en mi pasado como lo está Libertad Lamarque. Ambos me acompañaban las tardes de domingo cuando la televisión era algo de lo que se oía hablar, pero aún no había llegado a nuestra casa. El sonido roto de las grabaciones y la voz nasal invadían la casa en las largas tardes de invierno mientras yo miraba a través de los cristales del balcón las luces de la vieja lechería de enfrente pensando que al día siguiente había colegio. En el aire, el olor a croquetas anunciaba la cena.

                Muchas veces pienso que la vida se encarga de tejer el destino con hilos invisibles que conectan pasado y presente. Hoy veo la consecuencia de algunas cosas que vivía de niño y que son como el cierre de un guion complejo. He disfrutado de un café sentado en una terraza, al resguardo de la lluvia, en la calle Carlos Gardel, junto a la estatua que sirve de homenaje en la esquina donde el “chanta cuatro” un restaurante con espectáculo de tango, recuerda ese lugar al que acudía a cenar, cantar y beber con los amigos. Y de alguna manera siento que si hay algo en mí de mi progenitor, esa parte debe estar disfrutando de un sueño cumplido, de una quimera realizada.

                Cerca de aquí está la Casa Museo Gardel, en una vivienda que el cantante compró para su madre y que habitó con ella hasta 1933, antes de viajar a París. Ahora se exhiben allí los elementos que constituyeron su historia y su obra. Su imagen está por todos los lugares, en todas las fachadas, enmarcada por el fileteado, esa técnica tan porteña de pintar las paredes, que convierte las calles en una peculiar explosión de colores.

                Sentado en la terraza del Restaurante Gambino con un café delante, no puedo por menos que volver a la infancia, cuando al calor de la caldera de carbón y leña, después de cenar, mi padre y mi madre pegaban sus mejillas y él pasaba su mano por la cintura de ella en ese rito tan habitual. Definitivamente todo encaja.

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