Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

EL COLEGIO EN BLANCO Y NEGRO

Me asustaba aquel lugar sombrío con olor a rancio donde cada día una monja fornida y mal encarada, que comía sobre su mesa café con pan migado en un bol blanco, trataba de enseñarnos las cuatro reglas a base de bofetadas a dos manos. Las piedras del edificio, que allá por mil trescientos había sido un hospital, habían visto correr la sangre. Seiscientos años después yo también lo vi cuando a los cinco años me sentaba todas las mañanas y las tardes en los desgastados pupitres que llenaban el Colegio de San Bernabé.

En un edificio junto a la Catedral, un viejo portón de madera por el que se entraba después de subir dos escalones de piedra conducía a un pasaje por el que se accedía a un patio que a mí me parecía enorme. Es curioso como las cosas menguan con el tiempo y los lugares que se nos hacían inmensos, vistos de mayores se recorren en dos pasos… pero entonces, al llegar al patio del colegio, con el suelo formado por grandes piedras ensambladas como un origami, allí podíamos jugar docenas de niños mientras esperábamos que la monja nos diera los primeros gritos de la mañana ordenándonos en fila primero para después meternos en clase.

 

Sor Eusebia era gorda y tenía muy mala leche. Aquella toca blanca con unas alas que ocupaban medio metro de lado le oprimían la cara de forma que los cachetes le sobresalían formando un pliegue. De mirada penetrante, hablaba a voces no se sabe si para hacerse entender o para dejar claro quien mandaba. Jamás se movía de la mesa, junto a la única estufa de gas que apenas calentaba la estancia y no había día que no entrenara el tiro de borrador contra la cabeza de algún desgraciado que no se había aprendido la noche pasada la tabla del 8, quizás la más complicada y no por ninguna razón en sí, sino porque la del 8, con la del 6, fueron las que más costaba memorizar.

 

Unos veinticinco alumnos entre cuatro y siete años mirábamos fijamente desde nuestros pupitres a aquella mujer que, evidentemente, odiaba a los niños pero en su congregación la habían asignado la tarea, seguramente porque se negaba o no sabía hacer ninguna otra cosa y la titulación entonces no era necesaria, de llevar adelante lo que hoy en día llamaríamos “los primeros años de primaria”, el “Jardín de Infancia”, vamos, la primera escolarización que entonces se llamaba. Sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, junto con aprender a leer y escribir eran el objetivo empresarial de aquella monja que nos dio leña como para incendiar de nuevo Roma. En aquel recinto con olores raros escribíamos “mi mamá me mima mucho” y “Sisebuto tiene un sello mio”, al tiempo que recitábamos el catecismo y cantábamos el “Venid y vamos todos, con flores a María”, si era el mes de mayo. La España en blanco y negro, lo más rancio, chato y de peor nivel en aquellos primeros años sesenta de pantalón corto, calcetines y verdugo blanco en la cabeza.

 

Dicen que desde aquel viejo edificio la Reina Dña Urraca accedía a la Catedral por un pasaje secreto. Algunas veces nos introducíamos en la zona de convento para buscar la posible entrada al pasadizo y alguno contaba alguna vez, seguramente fruto de su imaginación, haber recorrido parte del camino que bajo la calle iba a parar a la Cripta románica de la Seo palentina. Eso, junto con el juego de “la bicicleta” en la fachada de cristal de una panadería al salir de allí por la tarde, fueron los únicos recuerdos que no estén ligados con la oscuridad, el olor a rancio, y el temor a que esa mañana te tocara a ti sentir las manos de la monja en tus carrillos.

 

La última vez que vi a Sor Eusebia era una anciana flaca a punto de morir, sentada en una silla de ruedas en el mismo edificio donde la conocí. El Hospital de San Bernabé, que sirvió de colegio durante años y donde aprendimos a dividir bajo tortura es ahora una Residencia de Ancianos en la que seguramente aquella monja vivió hasta su último aliento. Esa tarde, en la que la vi por la ventana al pasar, no pude por menos de entrar a saludarla. Desde aquella silla de ruedas, consumida, aún hablaba con el mismo gesto altivo que siempre utilizó. No le costó mucho reconocerme, en realidad sus manos golpearon las caras de toda mi saga familiar, por tanto tenía el tacto en la memoria. Charlamos un rato. Nos dio tiempo a repasar el colegio y a que pudiera decirle que al margen de lo que la edad y el tiempo dulcifican, en realidad como referente había sido para mí absolutamente prescindible.

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