Csierramoreno80x111 original

Andadas

Celia Sierra Moreno

Welcome to Miami

La primera vez que crucé el Atlántico aterricé en Miami. Iba con mis compañeros del master de asesoramiento de imagen que hice, y que nos llevó por varios lugares del mundo. Poco a poco os iré hablando de los lugares que visité, pero hoy me centraré en Miami.

 

Después de aquel vuelo espantoso que pasé, lo primero que recuerdo de la ciudad es el calor. Y la humedad. Yo estoy acostumbrada al calor seco y la bofetada de humedad nada mas salir del aeropuerto me dejó KO.

 

Miami es una ciudad en el que el transporte público no está desarrollado así que si quieres moverte necesitas alquilar un coche. En el nuestro íbamos cinco y lo conducía una chica de Valladolid. Nada más salir del aeropuerto siguiendo las instrucciones del GPS, nos encontramos un semáforo en rojo. Paramos. Pero no debimos parar bien porque justo detrás de nosotros un coche de policía con los rotativos puestos nos hacía señas para que no continuáramos la marcha. No me lo podía creer. Menos de una hora en EEUU ¡y ya nos había parado la policía! Por suerte, el percance no llegó a mayores.

 

Recuerdo también la impresión que me dio cuando entré por primera vez en el campus donde iba a recibir las clases. Yankilandia. No se me ocurrió entonces otro nombre para denominarlo. Han pasado varios años y sigue sin ocurrírseme ninguno. Con un lago con cocodrilos y todo… no digo más.

 

Miami es sol, playa, daikiris… Rascacielos, patines, banderas estadounidenses… es todo lo que vemos en las películas y más. La llaman la ciudad mármol. Porque está llena de mar y de mall (pronunciado mol, que es como ellos denominan a los centros comerciales).

 

Byeside se convirtió en mi lugar favorito de la ciudad: un lugar lleno de tiendas y restaurantes cerca de south Beach. Allí está el Hard Rock y el restaurante de Gloria Estefan, claramente reconocible porque tiene forma de piña. Más tropical imposible. En el mismo Byeside se coge el ferry que recorre la bahía y que, por 23$ te da un paseo por las casas que los famosos tienen en Miami. Alejandro Sanz, Antonio Banderas, Paulina Rubio… cada cual más grande, más fastuosa y más bonita. Ciertamente merece la pena el paseíto.

 

La Lincoln Road es, probablemente, la calle más conocida de la ciudad. Allí se encuentran las mejores tiendas, los hoteles más lujosos y los locales más exclusivos. Se nota tanta pasta en la gente que circula por allí que yo me sentía como una auténtica cateta completamente fuera de lugar.

 

Y por la noche, a Ocean Drive. Limusinas por doquier, gente de mala vida, gente de buena vida…. Todo el mundo tiene cabida en esta zona de Miami. Si os dejáis caer por allí, no dejéis de entrar en alguno de los bares en los que podéis disfrutar de música tropical en directo a la vez que tomáis un mojito y picáis algo de comer.

 

Las playas también son increíbles. Aguas cristalinas y kilómetros y kilómetros de fina arena. Las chicas patinan por los paseos marítimos y los chicos muestran sus cachas a la orilla del mar. ¿Os acordáis de la serie Los Vigilantes de la Playa? Pues esto es más o menos lo mismo.

 

La segunda noche que salí en Miami lo hice de la mano de Millie Herrera, una activista política cubana que lleva en Estados Unidos muchos más años de los que estuvo en su país natal y una persona con la que podrías estar hablando días y días sin parar porque su historia es impresionante. Millie nos llevó a la Miami Tower, al piso 11, donde hay un restaurante en el que ponen unos cócteles ricos, ricos y unas hamburguesas de delfín que yo no fui capaz de probar.

 

Coctel arriba, cóctel abajo y escuchando a Millie mi cerebro empezó aletargarse y no sé cómo terminé con ella y dos amigas más yendo al estudio de tatuajes que su hija tenía a más de una hora de Miami. Iba convencida de hacerme uno, pero Alicia, una de las chicas que venía conmigo estaba más animada que yo… ella entró primero y al escuchar ese ruido penetrante y ver cómo sangraba el empeine de su pie, di por finalizado mi ataque de valentía. Me dí la vuelta y las esperé fuera. De madrugada volvimos a Miami, y como no podía ser de otra manera, Millie nos llevó a un lugar donde hacen los mejores donuts de la ciudad… era lo único que nos faltaba para terminar una noche que tuvo de todo! Qué momentos…

 

Y sin embargo, el lugar que recuerdo con más cariño de Miami (a parte de la habitación del hotel que compartía con Paula y que era lugar de peregrinación del todo el master porque era la única que tenía terraza) es La Pequeña Habana. En este pequeño rincón de Miami comenzaron su nueva vida los disidentes cubanos que escaparon del régimen de Fidel Castro y donde mantuvieron vivos los recuerdos de su patria.

 

La vida de la Pequeña Habana gira en torno a la Calle Ocho, donde puedes encontrar desde artesanos fabricando puros hasta ancianos cubanos en el Parque Máximo Gómez jugando al ajedrez y discutiendo sobre el pasado y el futuro de su patria.

 

Y si hay un restaurante en la Calle Ocho que destaca entre los demás, ese es el Versailles. Aquí probé yo por primera vez la yuca frita y vi como cenaba a mi lado una de las personas que destapó el escándalo de Watergate. ¡Si hasta tengo una foto con él!

 

Cuando me preguntan si me gustó Miami siempre digo que bah… sin más. Menuda tontería. Claro que me gustó! Y si me lo propusieran, volvería mañana mismo… Voy a comprar una hucha. Hasta la semana que viene J

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: