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Pablo García Conde
Blog de Pablo García Conde. Críticas de cine

La leyenda sin fin

The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro nace con un problema implícito al reboot que amplía (y repite) el imaginario de la primera trilogía. Este problema no es otro que narrar diferentes aventuras ancladas en el mismo esquema de siempre. El prototipo de superhéroe es el habitual. Mientras que el mundo no necesita de superhéroes sino de gente normal y corriente que arregle las cosas, en la pantalla se recrea a un hombre araña casi invencible, pues ni los golpes ni las descargas eléctricas mellan su deseo de justicia. Un tomar la justicia por su mano, por cierto, que no llega a ser bien visto por los ciudadanos neoyorkinos en esta entrega, aunque en cuanto el peligro llama a la puerta el héroe vuelve a ser bienvenido. En esta ocasión, siguiendo el hilo de The Amazing Spider-Man, Peter Parker prosigue con la investigación sobre su pasado y, por tanto, también el de sus padres. Con la habitual dispersión de tramas que al final convergen en una batalla épica, aparece un nuevo villano surgido por otro accidente en la compañía Osborn, fuente de todos los males. Electro representa el horror vacui contemporáneo: la desconexión eléctrica, el ataque al motor de nuestra sociedad tecnológica; de ahí que su fin lo provoque precisamente el mismo elemento que le dio vida.

 

La alta cantidad de acción no decepciona dentro de lo que uno se puede esperar en este tipo de películas. Y si, además, toda esa cantidad de edificios y coches destruidos, golpes y saltos para salvar a inocentes se acompañan de escenas en ralentí para saborear mejor la determinación con la que trabaja Spider-Man, el éxito está asegurado. Si bien el dilema con el buen amigo Harry Osborn pierde fuerza y se convierte en un recurso más para levantar ampollas en el protagonista, en esta entrega el papel de Gwen, la novia de Spider-Man, cobra una significación tan relevante como facilona. Pues si el cine sobre el personaje de Marvel se mantiene no es gracias al atrevimiento en sus formas o a lo rompedor de su puesta en escena, sino al conservadurismo del superhéroe convencional en la superación de los obstáculos que le hacen ser quien es. Y el film funciona en favor del espectáculo: basta observar a la masa que anima a su héroe mientras salva a la ciudad (detrás de las barreras, contemplando el horror pero sin dejar de mirar placenteramente) para saber de lo que hablo.

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