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A través del Cine

Pablo García Conde
Blog de Pablo García Conde. Críticas de cine

El otro Hobbit

De lo que no cabe ninguna duda es de la capacidad de Peter Jackson para alargar una historia que tiene los propios límites de la novela en que se basa. Y por convertir una precuela en un producto tan rentable como la trilogía predecesora. Después de la controversia debida a la división de El Hobbit en tres partes, asistimos a la última de las entregas, La batalla de los cinco ejércitos, más convencidos que nunca de que esta nueva incursión en la Tierra Media tiene poco de novedoso y demasiadas tramas superfluas, situaciones idénticas e insulsas autorreferencias.

 

Después de que el protagonista de la segunda parte, el dragón Smaug, sea despachado rápidamente, lo que queda por delante es la toma de decisión con respecto al tesoro custodiado por la bestia bajo la montaña. El mago Gandalf ha de mediar entre los diferentes combatientes, los testarudos elfos y los aún más testarudos enanos. Otra vez un curioso hobbit demuestra su ingenio para arreglar las cosas por su cuenta. No sin que antes hayamos asistido a una lucha psicodélica contra el mal (esa aparición gratuita de Sauron y los protagonistas de El señor de los anillos) que responde a la imperiosa necesidad, con la que nacieron las películas de El Hobbit, de hacer constantes e indolentes guiños a la primera saga. La originalidad en la ambientación del universo tolkiano, la fuerza en la caracterización de los diferentes personajes y razas y hasta la épica de las batallas, resultan aquí un mero reflejo de lo que fueron: se pretende ofrecer más (más efectos especiales, más grandiosidad y desmesura (¿era ése Legolas o su gemelo de la videoconsola?)) para que la historia supere a su hermana mayor, traicionando de este modo su realidad de relato menor (de una excelente novela de trescientas páginas, pero un proyecto más humilde, al fin y al cabo). El último capítulo se cierra dejando una sensación de hartazgo, cuando en ocasiones la brevedad supera al exceso.