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Pablo García Conde
Blog de Pablo García Conde. Críticas de cine

Deseo estival

En uno de los momentos clave de El desconocido del lago, Franck observa, escondido en el bosque, una terrible escena que enseguida traslada a los ojos del espectador. Se trata de un largo plano en medio de la oscuridad donde confluyen tanto el tono reservado del relato como un cierto aire de tensión que se venía gestando durante las incesantes idas y venidas a la playa, un mismo escenario que no cambia ni un ápice y que, sin embargo, va adquiriendo un aspecto cada vez más enigmático y asfixiante. Es en este microcosmos donde tienen lugar los encuentros entre gays (eso que llaman cruising), que buscan en sus periplos sexuales satisfacer algo más que una necesidad puramente física. Franck es un habitual en ese lado del lago, y allí conoce a Michel, un fornido y bronceado hombre de quien se enamora y a quien va redescubriendo en cada nuevo día del verano. Otro personaje central es Henri, más mayor que los otros dos, sin menos apetencias sexuales pero con una mejor comprensión de lo que busca en los demás. De una u otra forma, Franck se halla en medio de ambos, entre la amistad y la pasión ciega.

 

El director de esta desasosegante película tendente al thriller, el francés Alain Guiraudie, consigue crear una historia de pocos personajes y situaciones, pero de muchas miradas, de esas que insinúan más que dicen, allí donde el lenguaje verbal no tiene mucho que declarar. Si bien el desenlace parece querer cambiar de estilo, de manera un tanto efectista aunque eficaz, la última secuencia nos retrotrae al carácter oscuro e inescrutable del ser humano que parecía esconderse entre la maleza y el lago: una naturaleza viva y salvaje, como los árboles azotados por el viento o las aguas inestables, una naturaleza que habla cuando no hay nadie más para responder. La atmósfera conseguida camina entre la incomodidad de los silencios y las miradas ante los desconocidos, incluida la del inspector, pasando por la angustia de un joven que prefiere callar a confesar, dejarse llevar por la pasión a pensar racionalmente. Las escenas sexualmente explícitas caminan en la misma dirección que otras producciones recientes, pero aquí cobran un sentido lóbrego acorde al cariz del film. No se ofrece ninguna referencia a la vida privada de esos hombres, al fin y al cabo todos desconocidos para el espectador, como un fuera de campo que mantiene la incertidumbre sobre su auténtica naturaleza. Qué les lleva a confiar en extraños, a guardar secretos atroces o a aferrarse a aquello donde sólo hay dolor, son preguntas que Guiraudie deja en el aire.

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