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A mí que me registren

Julio César Izquierdo

Van llegando las fiestas de nuestros pueblos

Las fiestas de los pueblos tienen estampas que se repiten. Y estoy hablando de sensaciones. Los días previos se respira un ambiente de euforia y de nerviosismo.

Unos porque tienen la responsabilidad de preparar el programa, sus contenidos y que no falte detalle. Otros, por su parte, porque andan con los aderezos y arreglos en las peñas. El que más, buscando unos días libres en el trabajo para no faltar a la cita anual de las patronales. Los de allá, desesperados, porque nada más podrán estar dos días de los cuatro que dura el tinglado. Y vaya rabia.

 

También se siguen dando ejemplos de "limpieza general" en la vivienda, pues todavía son muchas las familias que se afanan en dejar la casa como los chorros del oro para que todo esté en perfecto estado de revista. Ya se sabe, porque llegan las visitas, los nietos con los amigos, los hijos, uno que no esperabas y quizás otro más al que no invitas pero que se presenta todos los años, puntual, como un clavo, con ansia de trasnochar y unas ganas de comer tremendas. Pero como la gente del lugar es acogedora, ningún problema.

 

Las despensas, bodegas y frigoríficos rebosan felicidad y viandas como para superar un año sin repostar, que conviene estar preparados, por si las moscas. Que toda previsión es poca.

 

Así las cosas, las calles cobran un color inusual, con vestimentas originales y calzado cómodo. Las plazas suenan a pasodoble y grito de ¡chiquilla! cuando la verbena alcanza las cuatro de la madrugada. Es el ritual, entre toros, encierros, desfiles, charangas, vermú y siestas para recobrar el aliento y repetir la operación de la jornada precedente. Horas eternas para la charla animada, la jarana y el desconectar de los problemas "y aparcar los quehaceres cotidianos", como dicen siempre los alcaldes en sus saludas.

 

Y es verdad, las fiestas de los pueblos tienen algo especial, distinto, original. Tienen gancho. Lamentablemente, el tiempo pasa y la energía inicial se transforma en agujetas, cansancio y afonías, sobre todo entre los jóvenes. Y en la última madrugada, cuando los clarines anuncian el final de la función, corren como locos los vasos de plástico por las avenidas, hace frío, sopla el viento y parece que se adelanta el invierno, la soledad y la despoblación.

 

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