Silueta original

35 mm

Boris García

Reality bites

Reality 2 detail

Reality bites es una película dirigida por Ben Stiller y protagonizada por Ethan Hawke y Winona Rider, allá por el año 1994, cuando las carreras de la pareja de intérpretes  pasaban por mejores tiempos que los actuales. Más allá del anodino pero angelical atractivo de la actriz –siempre fue santa de mi devoción, la verdad-  y de un tono ligero de comedia romántica, fácil de digerir, el único mérito del filme consiste en el reflejo más o menos acertado de la juventud norteamericana de clase media de la época –veinteañeros, en concreto-, que Douglas Coupland definió en su novela homónima con el término de Generación X.

Nacidos en los años setenta posteriores al fracaso de la utopía del jipismo y alrededores, crecieron en la plenitud de la sociedad de consumo y el estado del bienestar de la era Reagan, dispusieron del mejor abanico de posibilidades económicas y académicas, y se dieron de bruces con que la moto que les habían vendido no les satisfacía en absoluto.

 

El rechazo al american way of life no tuvo como respuesta la algarabía social de sus padres, sino lo contrario; el encierro en un individualismo cerril, el cinismo, el complejo de Peter Pan, la apatía como bandera, el qué más da, no vas a cambiar nada por mucho que no estés de acuerdo con lo que hay, sigue disfrutando tranquilamente  de emociones prestadas en la televisión de tu cuarto de estar.

 

A riesgo de hacer un ejercicio de sociología de todo a cien, creo que, a pesar del salto en el tiempo y de todo un océano de distancia, geográfico y cultural, no es difícil establecer la línea paralela e incluso la continuación de aquella sociedad de hace ya veinte años con los jovencitos –y no tan jovencitos, por desgracia- que vivimos en la rara España de nuestros días. Con la diferencia de que las vacas gordas no pastan mucho últimamente y ya no están tan lozanas, claro.

 

Al igual que ellos, prosperamos con todos los medios materiales a nuestro alcance. Escuchábamos sin entender muy bien las batallitas de la posguerra de nuestros abuelos, con un bocadillo de Nocilla o el mando de la Nintendo en la mano. Dimos el estirón un palmo más arriba que ellos. Nunca pensamos en la conciencia social porque no nos hizo falta. Dispusimos de móviles y tarjetas de crédito.  Tuvimos acceso a la información universal, por primera vez en la historia, gracias a Internet. Colgamos las fotos de nuestros botellones en las redes sociales. Pero también hicimos caso del hazte un hombre de provecho.  Fuimos a la Universidad en masa. Nos sacamos un par de masters. Y nos dimos un golpe aún peor no porque lo prometido no nos colmara, sino porque no existía. 

 

Me parece un hecho indiscutible que los verdaderos cambios ideológicos se producen cuando son arrastrados por la transformación  de las  condiciones económicas de una sociedad. Bien, es nuestra oportunidad.  De reducir la vida a sus parámetros mínimos, de discernir lo esencial, de intentar ser mejores de acuerdo a lo que cada uno crea.

 

Tengo la edad de Cristo cuando fue crucificado. Trabajo de camarero a tiempo parcial y gano aproximadamente la mitad que un mileurista. No voto. No pertenezco a ninguna ONG. Hago eslalon por la calle cuando me acechan sus voluntarios. Soy el peor de los analfabetos, el político, como decía Bertolt Brecht. Mis aspiraciones intelectuales empiezan y acaban con Los Simpson. Acabo de fracasar en mi segunda relación larga y vivo de alquiler en un piso compartido. Todavía juego con la videoconsola y me he visto la Guerra de las Galaxias una treintena de veces. Colecciono figuritas de personajes de películas de terror. Y estoy tan cerca del estereotipo de lo peor de mi generación que casi me da miedo.

 

Pero tengo también algún que otro viejo amigo con el que beberme una cerveza fría. Una familia de la que sé que siempre estará ahí, aunque nos separen varias clases diferentes de distancia. La discografía de Leonard Cohen en el ordenador, descargada gratis, pasándome los derechos de autor del viejo genio  judío por el forro, junto con Matar un ruiseñor, película que veo como si fuera un mantra cada dos meses. El Guardián entre el centeno en la estantería.  Una afición tardía y obsesiva que no se me da del todo mal por la que voy a sacrificar todo lo que me quede dentro.  Un corazón mezquino y egoísta al que doy de puñetazos cuando late demasiado fuerte, con mi dudoso sentido individual de la ética que nunca me podrán robar. Y una idea nueva de que nadie puede vivir sin mirar a los que tiene a su alrededor.

 

Y, sobre todo, la sospecha de que, sea cual sea el significado de este tiempo que nos concedieron, no es el último modelo de televisión ultraplana, ni un futuro profesional, ni una casa con su correspondiente hipoteca, ni la comodidad de los caminos asfaltados. Simplemente, sé que es lo que no quiero, con la ventaja de que no lo tengo. Soy consciente de que mi discurso es demagógico y un lugar demasiado común, y de que suena a libro barato de autoayuda, a resabio fácil y mal aprendido de filosofía new age. Pero  son mis propios bocados de realidad,  la tabla de salvación que estoy aprendiendo,  mi kilómetro cero del cambio.

 

Perdónenme  la perorata ególatra y pedante.  Tengan en cuenta que tan sólo es un punto de vista, el mío. Y casi con total seguridad equivocado y parcial. Saludos.

Comentarios

xxx 20/11/2013 22:05 #1
Brillante...

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