Silueta original

35 mm

Boris García

Matar a un ruiseñor

Matar a un ruisenor 1962 1 detail

La infancia es lo más cercano al paraíso terrenal que el hombre puede habitar. El lugar de la inocencia, de la libertad del presente, de la ausencia de prejuicios intelectuales o morales.

La estación en la que la realidad, como una estructura de convenciones, aún no ha sido construida sobre los individuos y éstos pueden crearla a su antojo, con la fuerza irrefrenable de la capacidad de maravillarse, de los ojos nuevos que contemplan un mundo a mitad de camino entre lo existente y lo imaginado.  Es el hogar después del tiempo, ese cabrón destructor, al que volvemos los adultos tras el destierro, en viajes de huellas inciertas tan necesarios como insuficientes.

 

Los créditos de Matar a un ruiseñor, una serie de evocadores fundidos encadenados que revelan el contenido de una caja, el tesoro infantil de los protagonistas, son el inicio del camino de retorno de la película de 1962 dirigida por Robert Mulligan, adaptación de la novela homónima de la norteamericana Harper Lee.

 

La historia, de rasgos autobiográficos, narra en primera persona la infancia de los hermanos Finch en un pequeño pueblo del estado de Alabama, durante la Gran depresión, junto a su padre Atticus, abogado interpretado por un genial Gregory Peck, en uno de los papeles más recordados y notables de su carrera. La trama principal gira en torno a la defensa judicial que realiza éste a un hombre negro acusado falsamente de violación y el enfrentamiento con parte la población del municipio rural.

 

Y paralelamente se desarrolla la acción de los niños, de su universo imaginario de sombras nocturnas y de fascinación por la misteriosa figura de su vecino Boo, un disminuido psíquico que vive recluido en su casa al que nunca han llegado a ver y que supuso la primera aparición en la gran pantalla de un joven Robert Duvall.

 

La iniciación de los dos hermanos en el mundo de los adultos y la mirada atónita de éstos al conjunto de miedos  y conflictos que lo entretejen, guiada por la figura de su padre, y su contraposición a la inocencia, encarnada en ellos mismos, en el bueno de Boo y en el negro inocente, es el tema principal de un film que, tras cincuenta años desde su estreno, mantiene el brillo de obra atemporal e ineludible, condensado en las palabras del protagonista que le dan título: es pecado matar un ruiseñor

 

Y Atticus Finch, el héroe tranquilo enfrentado a la bajeza moral y los prejuicios de un tiempo castigado por la ignorancia, sigue siendo una figura tan reivindicable tanto entonces como ahora, cuando por desgracia  aún seguimos andando entre montones de pájaros muertos.

 

Recuerdo haber visto por primera vez la película allá por los tiempos en los que todavía existía el BUP, en una peregrina asignatura aparentemente inútil que tenía por nombre Ética. Ética, qué sencillo. Quizá, simplemente, todo debiera reducirse al intento de ceñirnos a ella.

 

Creo que era José Luis Garci el que decía que hay películas a las que se quiere más que a las personas. Al menos, en algunos casos, así tendría que ser. Este es uno de ellos.

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